3 de abril de 2012

La medida de la tragedia


LA MEDIDA DE LA TRAGEDIA

Relato mío publicado en 2008 en la colección Influencia de los medios de Comunicación, III Certamen literario de Relatos breves. Secretaría de Igualdad. Partido Socialista de Valladolid: pp. 61-66.

  
  ¿A quién podría interesar la Operación Bucarest habiendo partido de fútbol esa tarde?, parecían decir los medios de comunicación por omisión las horas previas al encuentro. Y resultó ser cierto. Millones de telespectadores vieron en directo el reñido partido entre el Real Madrid y el Manchester United y el desplome de una sección de las gradas del abarrotado estadio al final del mismo cuando una parte de la afición de ambos equipos se agolpó, con nada amistosas intenciones, en uno de sus lados. Y podría pensarse que este accidente fue providencial para el grupo político de oposición al gobierno, algunos de cuyos altos cargos afincados en la Costa del Sol estaban siendo investigados por su relación con la mafia rumana en nuestro país. La Operación Bucarest, como se conocía, se esfumó de golpe, cuando la opinión pública comenzó a ser bombardeada con noticias que intentaban a la vez mostrar en directo y sopesar la magnitud de la tragedia del estadio.
Fue la crónica de un desastre anunciado. La avalancha de miles de aficionados británicos que habían pasado el día en los alrededores del estadio consumiendo cerveza y observados muy de cerca por centenares de hinchas del equipo local había sido la imagen del día, unido al anuncio de la movilización de docenas de miembros de las fuerzas del orden público ante la previsión (que sonaba a certeza) de desorden tras finalizar el partido. Los responsables de la comunicación, siempre al pie de la noticia allí donde se produce, desde el primer momento pusieron todos sus dispositivos en marcha para cubrir, en todas las franjas horarias, los detalles de un suceso que mantenía a la gente pegada a los diversos medios audiovisuales cuando las diferentes sintonías anunciaban el comienzo del noticiario.
Para Emilio las noticias que le llegaban se reducían a cifras que cuantificaban el número de muertos, heridos y afectados psicológicamente por el espectáculo dantesco, decían todos, sin atreverse a buscar otra palabra menos manida que describiera la procesión de camillas corriendo en un desorden controlado por los implicados en el rescate y salvamento, el revoltijo de hierros colgantes y esparcidos por el suelo, los destrozos en las paredes, el descanso inmerecido de los numerosos muertos y heridos tumbados desordenadamente, cubiertos de sangre, de polvo, de escombros, a la espera de que alguien se ocupase de llevarlos al lugar de retiro donde sus familiares o los equipos de emergencia se harían cargo de cuidarlos y llorarlos. Con el trascurrir de las horas, la información puntual se centraba en el cambio producido en el baremo de víctimas que pasaban a engrosar el listado de heridos al de muertos o el de hospitalizados al de dados de alta.
La prensa más sensacionalista, las cadenas de televisión más oportunistas, agotadas las mórbidas imágenes de los primeros instantes del accidente y del llanto y dolor de supervivientes y allegados, buscaban subir sus cifras de audiencia deleitándose en ofrecer las declaraciones oficiales y oficiosas de los políticos de uno y otro lado, bien a título personal o en nombre del partido que representaban, y que, con sus explicaciones, no lograban sino confundir a unos telespectadores y lectores que veían en sus posturas, no sólo contradicciones, sino una enmascarada falta de acuerdo y voluntad a la hora de buscar responsabilidades y presentar soluciones a corto, medio y largo plazo. Ahí residía, para Emilio, la fuerza del denominado cuarto poder, y ésa fuerza se había convertido para él en la cara oculta de la catástrofe, pues, si algo conseguía, era desalentar, inquietar, enfrentar y alarmar a propios y extraños, simpatizantes y opositores.
A raíz de este suceso, Emilio no leía los periódicos, como solía: los devoraba, atragantándose en el intento de deglutir lo que le era absolutamente imposible de masticar, y vomitaba su rabia hasta el borde de las lágrimas. Las supuestas noticias en la televisión o en la radio penetraban en sus tímpanos como cuchillos de mentiras: ¿no era evidente que ni todas las víctimas y afectados españoles, como su hijo, en estado de coma a causa, eran de, o simpatizaban con, la violenta Ultra Sur, ni todos los ingleses eran hooligans?
–Siempre igual. El caso es estar ahí, en primer plano. Sobre cada desastre de elevada mortandad y sangría planea un ejército de cuervos dispuestos a darse un festín mientras estén aún frescos los restos de los numerosos cadáveres –dijo en voz alta en la cafetería del hospital, mientras escuchaba, junto a los demás clientes, las últimas observaciones del reportero televisivo de turno encargado de cubrir el accidente.
–Calla, por favor, te están oyendo – respondió Yolanda, su esposa, en voz muy baja.
–¿No te das cuenta? Y lo peor de todo: Acechando cada hecatombe están las manadas de hienas y demás carroñeros dispuestos a quedarse con los despojos que los cuervos van dejando atrás. O a disputárselos entre sí, y la carnicería se extiende roja e imparable.
–Calla, te digo. Es lo que la gente quiere ver y escuchar. Mira a tu alrededor –dijo ella señalando con una mirada espía a los allí presentes, silenciosos cual estatuas ante el televisor.
–No. Vemos y escuchamos sólo lo que los magnates de los medios de comunicación quieren que veamos y escuchemos. Mandan sobre nosotros. Dirigen nuestros pensamientos, nuestras opiniones. Nos han hipnotizado. Míralos a todos. –Todos, efectivamente, parecían ausentes: nadie aparentaba oírle,  a pesar de su elevado tono.
–No a ti. Lo que no entiendo es por qué, si piensas eso, te martirizas y pierdes el tiempo leyendo tantos periódicos que sólo hablan de lo mismo.
–Hablan de lo mismo, sobre lo mismo, pero no lo cuentan igual. Si los leyeras te darías cuenta de que hasta los que parecen hechos objetivos resultan diferentes según la firma que lleven. Imagínate lo que supone el análisis subjetivo de esos datos en bocas y manos de personas de ideologías opuestas. –Como era típico cuando leía o escuchaba las majaderías o simples inexactitudes que sólo él sabía encontrar en los medios de comunicación, Emilio se enfadó con el aire al que volteó con las manos y la voz–. Les dan una página para rellenar y escriben lo que les sale de los...
–¡Emilio, por Dios!
–¡Es cierto! ¡Maldita sea! Le hacen a uno hablar mal. No saben escribir. Y lo que es peor: tampoco saben hablar ni leer. ¡Qué trabajo tan desperdiciado!
Su familia entendía sin ambigüedad alguna que el referido desperdicio era su trabajo como profesor de lengua española, tirado por tierra por las voces periodísticas. Ahora Emilio buscaba más que nunca credibilidad e imparcialidad en los medios de información, los cuales se afanaban en recopilar datos con los que ir detallando puntualmente las dimensiones reales de una tragedia de la que Yolanda y Emilio habían pasado a ser víctimas indirectas. Integraban el colectivo que los medios de comunicación calificaban con punzante imprecisión como “los daños colaterales” o “los familiares de los afectados”. En tanto progenitores de una de las víctimas, ambos se sentían víctimas muy directas de ese grupo para el que el noticiario pretendidamente imparcial carecía de cifras de valoración. Porque no había forma de medir el peso y la extensión del dolor de un grupo de personas que cada día aumentaba alarmantemente a medida que se iban conociendo los nombres de los damnificados y abarrotaba las salas de espera de hospitales y tanatorios, conjugando gritos, llanto y silencio, incomprensión y espanto. Porque, para Emilio, la verdadera tragedia no se contabiliza, ni se ve, ni se toca, ni se lava, ni se desinfecta, ni se cose ni se venda. Va por dentro y no hay bisturí que la alcance por mucho que penetre en nuestro interior.
Emilio estaba harto de las repetitivas imágenes, palabras y cifras que en nada ayudaban a comprender mejor el porqué de la catástrofe que había golpeado a su familia. No fue sólo el horror de las pantallas, de los titulares, de las fotografías que mostraban el lado mórbido de la tragedia. Bastante horror veía cada día mientras deambulaba por los pasillos del hospital. Bastantes heridas sangrantes e internas las que cubrían el cuerpo inmóvil de su hijo Adrián. Era la frialdad con que se precisaban los datos lo que le había irritado. Los periodistas o políticos podrían alzar la voz, o modular su timbre o su tono hacia el abatimiento o el horror o podían poner cara de circunstancia. Pero no le convencían. Hubiera querido verles llorar como vio llorar a bomberos y enfermeras, a testigos y voluntarios de la Cruz Roja.
En ese momento, mientras escuchaba las noticias por la televisión junto a su esposa en la cafetería del hospital, Emilio sintió que había tocado fondo y tomó la decisión irrevocable de desconectarse de la máquina parlante. Se levantó, cogió una silla, la situó debajo del televisor, se subió a ella y apretó el botón que lo apagaba. La negrura de la pantalla provocó un estallido de protestas y miradas de desconcierto.
–¡Pero qué hace este tío! –protestó uno. Otro preguntó–: ¿Se ha vuelto loco?
–¡Despertad! –gritó Emilio, sobre la silla, como si estuviera dando una arenga–: ¡Despertad, borregos, y observaos! Estáis todos hipnotizados.

30 de marzo de 2012

Sueños frente a la barbarie


J.T. Valladolid, El mundo. Diario de Valladolid,  31 de enero 2009
Sueños frente a la barbarie
María Sanz Casares publica 'El final del viaje

Vivir el momento, prepararse para pelear por un sueño del que se puede uno despertar de la forma más brutal e inesperada.
La vida, desgraciada­mente, ofrece ejemplos de ello a dia­rio. Es lo que propone la vallisoletana María Sanz Casares en su novela El fi­nal del viaje, publicada en la editorial extremeña Abecedario y que ayer se presentó en la librería Oletvm.
«Es una novela intimista en la que se cuenta la historia de un grupo de estudiantes, sus relaciones abandonos. También hablo del sinsentido de este mundo», explicó la autora, profe­sora de la Universidad de Valladolid.
La protagonista de El final del viaje es Elisa, una joven «inteligente, imagi­nativa y provinciana» cuya máxima ambición es conocer mundo. Lo consigue al recibir una beca de estudios Erasmus, por lo que se trasladará a Amberes donde convivirá con otras estudiantes españolas y con otros jó­venes. Un viaje que también es inte­rior, como sugiere la autora sin querer desvelar un final cargado de sorpresas: «Descubre nuevos mundos, nue­vas gentes que traen consigo las his­torias de sus países. Amplía su mente y se enamora. Y decide ir a por todas para lograr lo que desea, pero sobreviene la tragedia.          .
Mana Sanz Casares (La Parrilla, Vallado­lid) es licenciada en Filología Inglesa, doctora en Filosofía y Letras y profesora de lengua, historia y literatura inglesa en la Universidad de Valladolid, donde ha publi­cado El Universo de los cuentos de Oscar Wilde (1996). Asimismo, es autora de nu­merosos artículos en revistas especializadas.